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Little Withe Lies {Libre}

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Little Withe Lies {Libre}

Mensaje por Evangeline G. Western el Mar Mar 01, 2011 9:49 am

Caminaba lento. Se sentía mal, pésimo. Un dolor fuerte y extraño le recorría el estómago. Tenía náuseas y no podía soportarlo más. Su mano derecha, iba agarrada de las paredes, y su rostro intentaba parecer normal. Por lo menos, no había nadie en los pasillos que le preguntase como se encontraba, porque mentir en esas condiciones resultaría una extenuante tarea. Decidió sentarse en el suelo por unos momentos, escondió su cabeza entre las rodillas y el mareo cedió. Respiró normalmente otra vez. Sintió como el aire entraba y salía de sus pulmones con más naturalidad en vez de esos jadeos que la habían acosado hasta solo segundos atrás. Dejó de ver las cosas un tanto borrosas, y ahora todo tomaba color nuevamente. Quizás se había debido a que no había comido mucho esa mañana, o a que no encontraba a su hermano por ningún lado. O a que las mentiras se acumulaban sobre sus hombros, y el peso, simplemente era demasiado pesado para sostener. Levantó la cabeza y lentamente, volvió a ponerse de pie. Respiró hondo, una, dos veces, y siguió su camino.

Era complicada su situación. Constantemente la acosaban con preguntas que a duras penas sabia responder. Constantemente tenía que contestar cosas que inventaba sobre la marcha, y solía ocurrirle que no recordaba sus propias mentiras. Quería gritar. Recordarle al mundo que ella no era Evangeline, que su nombre era June, y que su hermano aún estaba allí, atrapado. Detestaba en lo que se había convertido. Una mentirosa, una paria. Pero debía hacerlo. Era su deber, su obligación. Rescata a su hermano de ese hospital mental que los había separado de niños. Solo rogaba al cielo que nadie se diese cuenta de lo que ocurría. Solo rogaba tener la fuerza suficiente para aguantar. Resistir un poco más. Una vez que lo encontrase, cuando estuviesen juntos nuevamente, buscaría la forma definitiva de sacarle de allí, sea como sea. Pero el precio a pagar era alto. Su cordura estaba en juego, y a juzgar por la situación, iba perdiendo.

Los pasillos se abrían ante ella amplios y bastante luminosos. Pero no era suficiente. June ansiaba un poco de libertad, pensaba que la había perdido completamente al permanecer encerrada en su propia mente. A veces no sabía distinguir entre Eva y June. Las dos eran tan distintas, pero tan reales y presentes. Las dos compartían una sola mente y eso resultaba toda una experiencia. Si era buena o no, lo juzgaría mas tarde. Sus manos permanecieron guardadas en los bolsillos de su bata blanca, mientras buscaba en lugar al cual quería llegar. El cabello brincaba al compás de sus pasos más rápidos y sus ojos celestes buscaban con recelo esa mágica puerta. Al fin, con ambas manos la abrió y el jardín le demostró todo su esplendor. Agradecida por ese aire fresco, sacó de su bolsillo los cigarros, prendiéndose uno como un rito religioso aprendido de memoria. El veneno entró aclarando su mente y pudriendo su alma. Aun asi le disfruta. Apoyó su espalda contra una pared y cerró los ojos, dejando que el viento se llevase el humo a otros lugares.

Evangeline G. Western

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Re: Little Withe Lies {Libre}

Mensaje por Emmanuel Saiteck el Sáb Mar 05, 2011 8:28 am


El sol brillaba en lo alto de los cielos ese martes. Una suave brisa fresca se arremolinaba a su alrededor mientras el anciano varón contemplaba la perfección que tan cara había pagado. Se hallaba cerca de la zona de los parques de Svelven y, por ende, el color verde engullía su campo de visión. Gente feliz, gente perfectamente feliz. Gente que no necesitaba nada que el presidente no pudiera concederles. Gente que saludaba con cordiales sonrisas y repartía más besos que una familia numerosa en Navidad. Llevaba unas gafas de sol antiguas, redondas y opacas. Su delicada mirada ya no podía permitirse el lujo de dejarse cegar por el gran astro ardiente. En estas que ladeó la cabeza hacia su derecha, peinando la escena de un solo vistazo, y contempló la zona de la laguna con algunas parejas cariñosas. Habían chiquillos corriendo con juguetes nuevos o no tan nuevos, todo parecía estar en su sitio. No podía ser de otro modo, cualquiera que alterara la utópica e idílica perfección de su ciudad se veía encerrado o bien en el sanatorio o bien en la zona de los calabozos, escondidos del mundo, escondidos de un mundo ideal en el que no habían sabido encajar.

Unas lejanas campanadas dieron las cinco de la tarde y Emmanuel, más conocido como Señor Saiteck, contempló su reloj de muñeca, sin dar crédito a que el tiempo pasara tan deprisa. Sacudió un poco la cabeza y frunció el ceño mientras un par de suspiros expiraban de sus arrugados labios. Era la hora de regresar a la otra cara de la realidad, su otra mitad imperfecta, el antro donde estaban escondidos todos los males de Svelven. Su propia caja de Pandora. Se acomodó dentro de su viejo LaFayette, modelo del 27 recuperado gracias a un viejo amigo coleccionista de reliquias del motor, y colocó las llaves para hacer rugir el motor. Para sorpresa de algunos presentes, el coche no sonó antiguo ni averiado o cansado de tantos años en la carretera. Bien podría haber pasado por un motor nuevo encajado en un vehículo casi prehistórico para los chiquillos del parque. Sin molestarle ser el centro de atención, se colocó bien el sombrero beige que llevaba sobre la cabeza y giró el volante con fuerza para enfocar las ruedas dirección a la carretera principal de Svelven. Sin música ni mayor distracción que sus propios pensamientos, acabó por entrar en la zona de los jardines de Vecordia, por un camino de piedras que crujieron bajo los neumáticos.

No hubiera tenido mayor reparo en proseguir su camino hacia la zona donde la familia Saiteck aparcaba sus coches de no haber visto a una de las doctoras de Vecordia encenderse un cigarrillo. A pesar de su edad y su poca memoria para los nombres de pila, Emmanuel era un auténtico as en recordar cosas puntuales de cada uno de los empleados a los que contrataba. Entre ellos se hallaba Western, Evangeline. Detuvo el coche, pisando el freno con una suavidad que no llamó la atención de nadie en especial, y apoyó el codo en la puerta de su antiguo modelo descapotable color granate. Ladeó la cabeza y se bajó un poco esas gafas redondas para poder contemplarla con mayor claridad. Un par de enfermeras cruzaron por delante de su campo de visión, permitiendo al anciano parpadear esos breves segundos. Un golpe de viento alzó un poco su sombrero pero no llegó a moverlo más que eso. Unos cuantos internos corrieron por el jardín con sonrisas infantiles, haciéndole recordar a los niños del parque. Tan parecidos y tan diferentes. La única coincidencia en ambos cuadros era que eran vistos por los ojos de la misma imponente figura: E. Saiteck.

Emmanuel Saiteck

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