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Enfrentando mis temores [Emmanuel]

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Enfrentando mis temores [Emmanuel]

Mensaje por Alethia Artelis el Sáb Mar 05, 2011 3:27 pm

Primera hora del día, por fin podría irme a bañar, si había algo que no soportaba era pasarme un día sin bañarme. No me importaba si era en las regaderas compartidas, lo que me importaba era estar limpia, así que cuando la sanadora fue por mí, yo me dirigí al baño rápidamente. El agua cayendo por mi cuerpo siempre me hacía sentir mejor, aunque el agua caliente por mis heridas recién hechas en mi espalda, me hacía arder terriblemente, por ello comencé a mover las llaves para que saliera más agua fría que caliente. Eso sí hizo que mi piel se sintiera un poco mejor, aunque no demasiado, aún ardía, pero estaba acostumbrada a la sensación. Estaba por terminar cuando una enfermera entró y detuvo el chorro de agua mientras me lanzaba una toalla de manera poco gentil. Eso me enfadó un poco, ya recibía muchos malos tratos para que ahora no me dejaran tener un baño.

- Disculpe pero es mi hora de baño y no creo estar haciendo nada malo - le recriminé sin alzar la voz o demostrar mi enfado, una táctica para que todos creyeran que yo era dócil y sumisa - el señor Saiteck está aquí y desea verla - mi cuerpo se estremeció mientras un terrible rayo de pánico me recorría de arriba a abajo. Miré a la enfermera y me tapé el cuerpo con la toalla mientras caminaba lentamente hacia donde estaba mi ropa de ese día. Ella me indicó que esperaría fuera y yo asentí incapaz de decir algo, yo misma notaba que la sangre había huido de mi rostro.

Hacía no muchos días, Lyzen había estado conmigo y con él había visto la terrible verdad: Saiteck y mi padre eran medios hermanos y...y...yo aún no sabía qué hacer con es información, no podía procesarla y ahora mismo no tenía muchas fuerzas como para enfrentarme a él. Saiteck era el culpable de todos y cada uno de mis sufrimientos y no estaba segura de querer verlo a la cara. Lo odiaba, y ahora aún más por lo que le hizo a su propio hermano, por lo que me hizo mí que era algo de él. Quizás no era su hija o su sobrina del todo, pero era parte de su familia y me había metido aquí de manera injusta. Como fuera, la enfermera me gritó que me diera prisa y me puse la ropa rápidamente para luego tomar un cepillo y pasarlo por mi húmedo cabello rojizo. Estando lista, salí del baño y la enfermera me condujo hasta la dirección.

Más miedo nubló mi mente, ayer había estado ahí con Kyra y me había golpeado de nuevo, no podría soportar otra vez la fuerza de su látigo en tan poco tiempo. Me estremecí y mi pánico me impidió avanzar el resto del camino, pero claro, yo era una reclusa y no podía desobedecer, así que entre dos vigilantes me cargaron y me llevaron hasta la puerta. La enfermera anunció que ya estaba ahí y ambos vigilantes me empujaron dentro. Casi caigo al hacerlo, pero logré mantener mi equilibrio. Esa oficina era mi suplicio, pero me percaté que Kyra no estaba ahí, lo que me dio un gran, gran alivio, pero en su lugar estaba sentado Emmanuel Saiteck, mi captor, mi principal enemigo, mi tío. Incliné la cabeza en señal de sumisión y respeto.

- buenos días señor Saiteck ¿en qué puedo serle útil? - pregunté mientras cruzaba mis brazos por detrás y apretaba mis dedos nerviosamente, no quería más castigos, no soportaría una tortura más aquella semana, mis heridas de ayer aún no cicatrizaban, seguramente mi blusa estaría ya llena de manchas rojas, pues con la prisa de vestirme, me había lastimado yo misma. Mantuve mi mirada abajo, esperando que él me dijera cualquier cosa, lo que fuera.

Alethia Artelis
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Re: Enfrentando mis temores [Emmanuel]

Mensaje por Emmanuel Saiteck el Sáb Mar 05, 2011 4:09 pm


El semáforo se puso en rojo y él presionó el pedal del freno con la delicadeza de un beso maternal. Hazlo. No lo hagas. Hazlo. No lo hagas. Un par de voces masculinas peleaban en el interior de su cabeza mientras sus dedos repiqueteaban en el cuero del volante marrón de su viejo Cadillac Eldorado del 57. Tensó las mandíbulas al tratar de entender lo que estaba a punto de hacer, lo que pretendía, sus propósitos. Enfocó con su cansada mirada el regulador de emisoras y la acalló pulsando un botón. Necesitaba silencio, necesitaba escucharse a sí mismo, necesitaba comprender qué estaba haciendo. Ladeó la cabeza hacia su izquierda y contempló un vacío asiento de copiloto que años atrás había sido compartido por únicamente tres personas: Byllius, Vielka y Zephyr. Su expresión se deformó hasta formar una mueca que lo hizo parecer diez años más viejo de lo que era. Hazlo. No lo hagas. Hazlo. No lo hagas. Cerró los ojos con fuerza, dejando caer esos pesados párpados con la misma lentitud en la que cae una pluma de un ave. Dejó que la suave brisa ondeara sus cabellos grisáceos, sintiéndose ligera y puntualmente aliviado.

Más allá del dilema moral que se desarrollaba en su cabeza, dejó de ejercer presión sobre el pedal y cambió de marcha con un movimiento mecánico al ver el semáforo en verde. Torció la segunda a la derecha y observó el edificio, de aspecto pulido pero con un algo tenebroso, alzarse delante de él. El sol se escondió tras el mismo y Emmanuel sintió un frío repentino. Se apresuró a adentrar el antiguo coche en la zona de los jardines donde solía aparcar y bajó del mismo, lanzando las llaves a un guardia que se encargaría de custodiar ese precioso vehículo de color blanco. Se adentró por una enorme puerta de piedra y empezó a caminar por los pasillos mientras hundía las manos en los bolsillos de esa gabardina larga y negra. Su aspecto lucía imponente, con un brillo gélido en la mirada. Era la mirada de un triunfador que sabe que ha apostado al caballo ganador. Era la mirada de alguien que sabe más que los demás, que va un paso por delante. Era la mirada de un anciano con demasiado que perder, y, por eso mismo, no podía dejar que el mundo se percatara de ello. Un par de internos se cruzaron en su camino, perseguidos por sus respectivos sanadores y celadores. Emmanuel los siguió con la mirada hasta que se perdieron en la nada. ¿Qué opinaría Byll de esto, Emm? sonó en su cabeza una voz, a la que su propio razonamiento respondió con un contundente Nada, Byllius está muerto.

En cosa de tres minutos ya había subido a la última planta, donde los internos por lo general no solían llegar. Cerró la puerta de su despacho con un movimiento brusco y empezó a quitarse el abrigo no sin antes pulsar el interfono que había. - Riley, que suba. - Se limitó a decir con voz rasgada por su propia violencia. El telefonillo respondió un afirmativo y, en ese precioso instante, supo el embrollo en el que se había metido al hacer eso a espaldas de su esposa. Colgó la gabardina en el perchero y caminó a la zona trasera del despacho, refugiándose tras el enorme escritorio de madera de sauce con acabados de mármol incrustado. Se desabotonó las mangas de la camisa blanca y las alzó hasta la altura de los codos para posteriormente asegurar el nudo de la corbata. Asintió para sí mismo y se dejó caer en la butaca de cuero negro, que reflejaba de modo cautivador los pocos rayos de sol que filtraba el enorme ventanal de su espalda. Inspiró y expiró un par de veces antes de recibir la advertencia de que había alguien al otro lado de la puerta, la sombra de los pies de la chica pudo verse desde el interior de la estancia justo antes de que entrara.

Los guardias cerraron la puerta tras dejar a la chica entrar casi dando un traspié. Se tomó la libertad de observarla con las mandíbulas prietas. Sus ojos, pálidos por la parcial pérdida de visión, se abrieron un poco más para poder examinar esa muchacha de piel pálida, ojos claros y cabello humedamente rígido y pesado. No supo qué decir, ya que se encontraba nadando en un mar de recuerdos que creía perdidos. Ahora recordaba el porqué de la llamada. Alethia era la viva imagen de su madre, Vielka. La que fue su Vielka, la misma mujer con la que tantas tardes compartió en el muelle de la laguna. Tensó un poco más las mandíbulas y restó en silencio, a sabiendas de que si decía algo, la voz le fallaría. Se sintió viejo al ver tanta belleza joven, era como volver más de cuarenta años atrás y volver a estar ante la que fue su primera chica. Alethia Artelis, hija de Byllius. Finalmente, tras comprender que no podía hacerla llamar y no reaccionar, se limitó a señalarle la silla enfrente al escritorio, para que tomara asiento de inmediato.

Emmanuel Saiteck

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Re: Enfrentando mis temores [Emmanuel]

Mensaje por Alethia Artelis el Dom Mar 06, 2011 1:02 am

Cuando mi padre murió, no sabía qué pasaría conmigo, yo apenas tenía nueve años y no tenía abuelos o tíos y mi madre había fallecido cuando yo era aún muy pequeña. Así que la pérdida de mi padre había significado el abandono total y teniendo una edad tan tierna, la perspectiva de estar sola en el mundo, me había aterrado. Aún recordaba ese trágico día con gran claridad, como si hubiera sido ayer, y los sentimientos seguían siendo los mismos. Recordé cómo todos llegaron, había muchísima gente en la casa, entre ellos Zephyr y Emmanuel Saiteck. Yo estaba en mi habitación llorando en un rincón cuando la policía había entrado y em había sacado en brazos de mi casa mientras yo lloraba. Me sacaron a la calle y me dejaron ahí mientras esperaban las instrucciones del gran señor Saiteck y jamás olvidaré su frase: "Saben qué hacer con ella". Me metieron a un auto...y ese fue el fin de mi libertad.

Llegué a Vecordia como una niña desamparada y sola...y eso no cambió mucho, no recibía visitas como los demás pacientes o prisioneros, no recibía ningún trato amable y me torturaban sin razón (al menos en esos momentos pensaba que los castigos no tenían razón de ser) y nadie parecía tener ese mismo trato...nadie, excepto el chico de la celda de al lado que no podría ser más grande que yo. Matt Schneider y yo nos volvimos muy, muy cercanos...y ahí comprendí el por qué éramos diferentes, por qué nos castigaban tanto...y era por el simple hecho de que teníamos a los padres que teníamos. No habíamos hecho nada malo, nustros padres sí, y por ello nosotros debíamos de pagar el precio. Ahí comenzó mi odio, mi verdadero odio por Emmanuel Saiteck.

Ahora, con mis visiones controladas y con la perspectiva de saber que él er mi tío, las cosas eran distintas. MI odio por Emmanuel Saiteck ya había dejado de ser un sentimiento sin un objetivo, ahora lo tenía. ¿Por qué? porque comprendía que por su culpa yo había dejdo de tener el derecho a una vida, había perdido mi libertad por ser hija del hombre que lo traicionó. Y pese a odiarlo tanto, también le temía. Le temía porque sabía que él podría destruirme por compelto, podría encontrar mi más profundo temor, podría lograr hacerme temblar por el simple hecho de mirarme. Quizás no era coherente temerlo y odiarlo, puesto que ya no tenía nada más que pudiera arrebatarme,todo me lo había quitado y no podía hacerme nada más malo que eso, sin embargo, el tenerlo tan cerca me aterraba, me paralizaba, porque jamás sabías qué podía hacer . Él tenía todo el control, y eso me asustaba, mucho.

Ahora frente a él como mi tío, no sabía que hacer, él no había respondido mi pregunta, sólo podía sentir su mirada, una mirada que me negaba a devolver, no podía verlo a los ojos, por temor a lo que podía encontrar en ellos, por temor a que él pudiera ver mis intenciones dentro de los míos. Me señaló la silla frente a él y yo me quedé sin moverme un par de segundos, pero decidí mejor obedecer, siempre era mejor parecer sumisa, esos diez años me lo habían comprobado, así que, intentando no demostrar mi temor, fui a sentarme frente a él, con la cabeza gacha, sin mirarlo directamente. Ahora sólo podía pensar una sola cosa ¿Qué demonios quería conmigo?

Alethia Artelis
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Re: Enfrentando mis temores [Emmanuel]

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